martes, 1 de diciembre de 2015

Entre Cristo e Ishtar.


Resulta difícil describir con palabras los recuerdos de aquellas horas de mis encuentros con Selma,
aquellas celestiales horas llenas de dolor, felicidad, tristeza, esperanza, y miseria espiritual.
Nos reuníamos secretamente en el viejo templo a recordar los viejos días, a hablar de nuestro presente, a atisbar con recelo el futuro y a sacar gradualmente a la superficie los ocultos secretos de las profundidades de nuestros corazones, exponiéndonos las quejas de nuestra frustración y nuestro sufrimiento, tratando de consolarnos con esperanzas imaginarias y sueños melancólicos. De cuando en cuando nos calmábamos, enjuagábamos nuestras lágrimas y empezábamos a sonreír, olvidándonos de todo, excepto del amor.. nos abrazábamos hasta que nuestros corazones se estremecían;
luego, Selma me daba un casto beso en la frente y llenaba mi corazón de éxtasis; yo le devolvía es beso al inclinar ella su cuello de marfil, mientras sus mejillas se coloreaban ligeramente de rojo, como el primero rayo de la aurora en la frente de la montaña.
Contemplábamos silenciosamente el lejano horizonte, donde las nubes se teñían con el color anaranjado del ocaso.
Nuestras conversación no se limitaba al amor; de cuando en cuando hablábamos de diferentes temas y hacíamos comentarios.
Durante el curso de la conversación Selma hablaba del lugar de la mujer en la sociedad, de la huella que la generación pasada había dejado en su carácter, de las relaciones entre marido y mujer, porque la miran detrás del velo sexual y no ven ella sino lo externo; la miran a través de una lente de aumento de odio, y no encuentran en ella sino debilidad y sumisión.
En una ocasión me dijo, señalando los cuadros esculpidos del templo: En el corazón de esta roca están dos símbolos que reflejan la esencia de los deseos de la mujer y que revelan los secretos de su alma, que oscila entre el amor y la tristeza, entre el cariño y el sacrificio, entre Ishtar sentada en su trono y maría al pie de la cruz. El hombre adquiere gloria y fama, pero la mujer paga el precio. 
Sólo Dios supo el secreto de nuestros encuentros, además de las bandadas de pájaros que volaban sobre el templo. Selma solía ir en su coche a un sitio llamado parque del Pachá, y desde allí caminaba hasta el templo, donde me encontraba, esperándola ansiosamente.
No temíamos que nos observaran, ni nuestra conciencias nos reprochaban nada; el espíritu purificado por el fuego y lavado por las lágrimas esta por encima de lo que la gente llama vergüenza y oprobio; está libre de las leyes de la esclavitud y de las viejas costumbres que ponen trabas a los afectos del corazón humano.
Ese espíritu puede comparecer orgullosamente y sin vergüenza alguna ante el trono de Dios.
La sociedad humana se ha plegado durante setenta siglos a leyes corrompidas, hasta el punto de no poder entender el significado de las leyes superiores y eternas.
Los ojos del hombre se han acostumbrado a la pálida luz de las velas y no pueden contemplar la luz del Sol. La enfermedad espiritual se hereda de generación en generación, hasta llegar a ser parte de la gente, que la considera no una enfermedad, sino un don natural, que Dios impuso a Adán. Si estas personas encuentran a alguien liberado de los gérmenes de tal enfermedad, piensan que ese individuo vive en la vergüenza y en el oprobio.
Los que piensan mal de Selma Karamy porque salia del hogar de su esposo para entrevistarse conmigo en el templo están enfermos y forman parte de esos débiles mentales que consideran a los sanos unos rebeldes. Son como insectos que se arrastran en la oscuridad por miedo a que los pisen los transeúntes.
El prisionero oprimido que puede escapar de su cárcel y no lo hace, es un cobarde. Selma, prisionera inocente y oprimida, no pudo liberarse de sus cadenas. ¿Se la puede censurar porque mirarse a través de la ventana de su prisión los verdes campos y espacioso cielo? ¿Dirá la gente que Selma fue infiel por salir de su casa para ir a sentarse a mi lado entre Cristo e Ishtar? Que la gente diga lo que quiera: Selma había pasado por los pantanos que sumergen a otros espíritus, y había llegado a un mundo que no podían alcanzar los aullidos de los lobos, ni el cascabeleo de las serpientes.
Que la gente diga lo que quiera de mí, porque el espíritu que ha visto al espectro de la muerte no puedo atemorizarse con los rostros de los ladrones; el soldado que ha visto brillar sobre su cabeza  las espaldas, correr arroyos de sangre bajo sus pies, camina imperturbable, a pesar de las piedras que le arrojan los niños callejeros.


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